Voy a contarte la historia de estos dos mandalas. Estos, en concreto, tienen 40 cm de diámetro. Los tengo colgados en la pared de mi salón y el motivo por el que los puse es tan curioso que me apetece compartirlo contigo.
En el mismo lugar donde están ahora, había otros mandalas más pequeños. Pero una persona se interesó por ellos y decidí quitarlos para enviárselos. Al principio era reticente, porque eran MIS mandalas. Sin embargo, insistió tanto que entendí que quizás había llegado el momento de cederle esa energía a ella. Así que accedí a vendérselos.
Los descolgué y los llevé a mi taller para envolverlos cuando escuché a mi marido llamándome. Fui corriendo porque no suele hacerlo cuando sabe que estoy enfrascada en mis cosas. Mi gata estaba encima de la mesa mirando fijamente el hueco que había quedado en la pared.
Mi marido me preguntó si no la había escuchado maullar. Le dije que no. Entonces me contó que se había subido a la mesa, se había quedado observando la pared y había soltado un "miau" como nunca antes le había oído. De hecho, cuando llegué al salón, todavía seguía allí, mirando la pared vacía.
Mi primera reacción fue pensar: "¿Ves? No debo vender estos mandalas. Son míos". Incluso se me pasó por la cabeza que podían estar protegiéndonos de alguna energía densa y que, al retirarlos, la gata la estaba percibiendo.
Pero enseguida comprendí que la explicación era mucho más sencilla.
Los gatos son muy sensibles a las energías. Y mis mandalas son portales que atraen energía bonita. Así que lo que mi gata estaba percibiendo no era una presencia extraña, sino precisamente la ausencia de esa energía. Había notado el cambio en el ambiente.
Por eso, para que se quedara tranquila y también en honor a ella, creé estos dos mandalas mucho más grandes y los colgué en el lugar donde estaban los anteriores.
Y estos sí que se quedan en mi casa. No es negociable 😉